Crónica de un feminicidio social
Lenna fue muchas cosas. Trabajadora incansable. Disciplinada hasta el último día. Alegre, aunque su risa cada vez se volvía más discreta. Empática como pocas, capaz de ponerse en los zapatos ajenos aun cuando los suyos le quedaban rotos. Amorosa, generosa, solidaria, amante de los animales. Carismática de esa forma cálida que no se aprende en libros ni se finge en redes.
El 27 de octubre de 2024, Lenna se fue. En silencio. En soledad. En abandono. Hoy a un año de su partida escribo esto para recordarla, ella es mi amiga, un alma buena, una mujer excepcional.
Murió sin compañía, sin familia, sin un sistema que le respondiera. No murió por un acto violento en las calles, ni fue noticia de primera plana. Murió en la penumbra de una indiferencia que grita. La mató el abandono. Y aunque no haya una carpeta de investigación que así lo señale, su muerte fue un feminicidio social.
Desde joven Lenna supo lo que era ponerse de pie sin red de apoyo. Apenas con la preparatoria terminada —porque así le tocó, porque así toca a tantas— comenzó a trabajar. Le puso el pecho a la vida como lo hacemos muchas: cumpliendo con los mandatos que nos dicta la sociedad. Se casó, creyendo en la promesa de amor y futuro. Pero no funcionó. Se divorció, cargando consigo el estigma, la carga emocional, y también el silencio obligatorio que aún muchas cargan cuando se atreven a romper con lo “establecido”.
Con el tiempo encontró una nueva pareja. De esa relación nació su hijo, su gran motor, su amor incondicional. Y como tantas madres solas, vivió con el corazón dividido entre la necesidad de proveer y el anhelo de acompañar. Lenna era de las que corría: del trabajo a la casa, de la cocina a la escuela, de la tarea al Tae Kwon Do, la natación, el Muay Thai. No por exigencia, sino por amor. Porque quiso formar a un hijo disciplinado, con oportunidades, con aquello que ella nunca tuvo. Porque eso hacemos las madres muchas veces: nos partimos en mil para que ellos no tengan que romperse.
Pero la vida, esa que rara vez premia los esfuerzos silenciosos, fue arrasando con todo.
Su relación de pareja terminó. Su hijo, ya adolescente, se alejó. La historia de muchas. La distancia de los hijos duele, pero el abandono es otra cosa. Es un desgarro que no cesa. Y ahí estaba Lenna: con la cadera desgastada después de tantos años de ejercicio, con la rodilla lastimada por practicar deportes de alto impacto, con el cuerpo en guerra y el alma resistiendo.
Dolor. Dolor físico, dolor emocional, dolor social. ¿Te imaginas vivir con dolor cada día durante cinco años? ¿Despertar y saber que todo movimiento será una batalla? ¿Y aun así tener que levantarte sola, prepararte algo de comer sola, tomar analgésicos y esperar meses y meses una cita en el IMSS? Eso hizo Lenna. Y no una vez. Lo hizo por años.
Fue al Seguro. Le mandaron estudios. Le dieron fechas futuras. Ocho meses para un estudio. Doce para una posible operación. Una prótesis que nunca llegó. Una atención que nunca fue prioritaria. Porque Lenna no era “urgente”. Porque su dolor no era espectacular. Porque no sangraba por fuera, pero se le deshacía el cuerpo por dentro.
Y mientras tanto, la vida se hacía más pequeña. Su madre —sí, viva— volcó su atención en el hijo varón. Ese hijo que siempre fue prioridad. Lenna lo decía sin enojo, con resignación: “Mi mamá siempre lo ha querido más a él que a mí”. No lo decía como reproche. Lo decía como quien acepta que así ha sido, así es, y tal vez así será. Otro abandono.
Pero hubo algo que mantuvo viva a Lenna durante años, incluso cuando ya no quedaban muchas razones: sus animales. Los peluditos que ella rescataba con amor, los que curaba, alimentaba y luego entregaba en adopción con la esperanza de que tuvieran la vida digna que muchos humanos no dan. Por ellos seguía. Por ellos se levantaba. Por ellos resistía el dolor. Eran su compañía, su consuelo, su refugio.
Hasta el día que no pudo más. Se fue por una emergencia médica al hospital… y nunca volvió.
Sus mascotas se quedaron ahí, esperándola. Solas. Olvidadas. Solo una de sus perritas encontró hogar. Su hijo, ese al que ella crió con tanto amor y disciplina, prometió hacerse cargo de sus aninalitos. No lo hizo. Como tampoco respondía las llamadas de auxilio de su madre para hacerse cargo de los animales que le había dejado a cargo cuando se fué de la casa, Y ellos, los animalitos, como ella su madre, murieron en el olvido.
¿Y saben qué fue lo más desgarrador? Que por los animales sí hubo alguien que levantó la mano. Vecinos, voluntarios, amantes de los animales hicieron la denuncia. La fiscalía acudió. Se abrió un caso por maltrato animal. Se buscó a un culpable.
Pero nadie buscó al culpable del abandono de Lenna. Nadie preguntó quién la dejó sola. Nadie exigió justicia por su dolor acumulado. Nadie abrió una carpeta por negligencia institucional, por abandono familiar, por omisión sistemática.
Y nadie lo hará.
Hoy, en tiempos donde se habla de feminicidios, de perspectiva de género, de sororidad, de equidad, tenemos que nombrar también este otro rostro de la violencia. El que no tiene titulares ni consignas. El que se manifiesta en cada consulta médica postergada, en cada madre sola sin redes de apoyo, en cada adulta mayor olvidada, en cada mujer que vive y muere en soledad porque el sistema no la consideró prioridad.
Porque si a una mujer se le niega el acceso a una vida digna, a la salud, al amor, al cobijo, se le está asesinando de a poco. Y eso es un crimen.
Tal vez no exista oficialmente el término, pero hoy queremos nombrarlo: feminicidio social. Porque Lenna no se suicidó, ni murió de causas naturales. A Lenna la mató el olvido. El desinterés. La inacción. La falta de humanidad de todos los que no vieron. O vieron y no hicieron nada.
Escribo esto porque fui testigo. Porque la conocí. Porque su historia no puede quedar reducida a una fecha y un acta de defunción. Porque tantas mujeres estamos en riesgo de morir como ella: silenciadas, relegadas, ausentes hasta para el sistema.
Escribo esto para decir: Lenna existió.
Lenna fue amor, fue lucha, fue entrega. Su vida merece ser recordada. Y su muerte, cuestionada.
Que nunca más una mujer muera así. Que nunca más la indiferencia sea la causa. Que nunca más el abandono sea el verdugo.
Lenna es mi amiga, la sigo nombrando en presente porque la llevaré conmigo todos los días de mi vida.
A un año de tu partida Lorena … Más presente que nunca.
Te extraño.






