Herlinda y la gripa grande
Nadia Moreno Villalobos
—¡Herlinda, muchacha floja!— tronó la voz áspera de la tía—. Apúrate a llevarle los vestidos a la vecina y luego vete por el nixtamal de una vez.
Herlinda tenía apenas ocho años. Sus manos pequeñas no descansaban: barría, lavaba, cargaba, obedecía. No había tiempo para el cansancio ni para el llanto. Desde que la vida la golpeó de frente, la infancia se le fue como se va el humo: sin despedirse.
A ella y a sus dos hermanos menores los “recogió” una tía después de quedar huérfanos a causa de la llamada “gripa grande”, aquella enfermedad que entre 1918 y 1920 arrasó pueblos enteros. Herlinda perdió a sus padres y a cuatro de sus hermanos. La muerte llegó sin preguntar, sin misericordia.
Recordaba haber vivido en un pequeño poblado cercano a Uruapan, aunque nunca supo su nombre. Tampoco conoció la fecha exacta de su nacimiento ni su edad verdadera. Calculaba que tenía siete u ocho años porque, durante aquellos meses interminables de enfermedad y duelo, comenzó a perder los dientes de leche. Eso sí, jamás olvidó los nombres de sus padres: Cleofas y Estanislao, ni que fueron siete hijos en total. Solo tres sobrevivieron.
Cleofas provenía de una familia acomodada de Uruapan, pero al enamorarse de Estanislao, un campesino pobre, perdió privilegios, respaldo y protección. Al morir ambos, sus hijos quedaron a la deriva, en manos de una tía que los llevó a vivir con ella a la ciudad.
En la memoria de Herlinda quedó grabada para siempre una imagen imposible de borrar: un carretón viejo recorriendo las calles para recoger a los muertos y llevarlos a una fosa común. Algunos aún agonizaban; estiraban las manos pidiendo un atolito, un último sorbo de consuelo. En ese carretón se fueron también sus padres.
La tía de Uruapan era una mujer de carácter duro, sin ternura ni compasión. A Herlinda y a sus hermanos los sometía a trabajos que no correspondían a su edad. Al más pequeño, un bebé que apenas gateaba, le cavó un pozo para mantenerlo ahí mientras los otros cumplían con las labores domésticas. Solo se acercaban para darle de comer. El niño defecaba y orinaba en ese encierro improvisado. Con el tiempo, los gusanos invadieron su pequeño cuerpo. Murió antes de cumplir un año. Así, sin ruido. Así, sin justicia.
Los años pasaron y Herlinda creció demasiado pronto. La mandaron como sirvienta y nana a casas de familias ricas de Uruapan. Allí, paradójicamente, conoció un trato más humano. Sus patronas le regalaban ropa y zapatos, la cuidaron cuando enfermó de viruela y la trataron con cariño. Herlinda inspiraba confianza y ternura. Era trabajadora, discreta, siempre dispuesta a ayudar. Una niña buena en un mundo que no lo había sido con ella.
En 1923, cuando apenas tenía 13 años, su tía decidió su destino sin preguntarle. La casó con Delfino, un arriero de más de 50 años que llevaba ganado y mercancías desde Uruapan hasta la Hacienda de Cusi, en la Nueva Italia. Aquel valle fértil, de arrozales verdes y limoneros en flor, sería el escenario de una nueva etapa en su vida.
Herlinda aprendió entonces lo que significaba tener marido. Se establecieron en Úspero, municipio de Parácuaro. Delfino le construyó un jacalito y, con el tiempo, ella le pidió permiso para traer a vivir con ellos a su hermano sobreviviente. Cuando el muchacho llegó, Herlinda volvió a sonreír. No estaba sola.
El joven, de apenas 15 años, comenzó a trabajar ayudando a construir las cercas de piedra tan características de la Tierra Caliente. Un día, su patrón decidió no pagarle… y lo mató. Así, Herlinda quedó nuevamente sin hermanos. La vida volvía a arrancarle lo poco que le quedaba.
Con Delfino tuvo cuatro hijos: Raquel, J. Jesús, Rafael y Eufracia. En ellos volcó todo el amor que le fue negado en la infancia.
Quienes vivieron aquellos años recuerdan bien las escenas de dolor entre 1918 y 1920. Familias enteras desaparecieron. Casas vacías, pueblos en silencio. La “gripa grande” duró tres años. No existía la penicilina
[4/1, 12:15 a.m.] Nadiona 2: —se descubriría hasta 1928—, no había cura. Solo remedios caseros: tés, cataplasmas, rezos. Herlinda fue testigo de todo. Y sobrevivió.
Esta historia comenzó a llegar a mí en aquellas tardes de mi infancia, cuando me sentaba junto a ella y a su hija Eufracia, mi abuela. Mientras tejían y bordaban servilletas de punto de cruz. Entre risas suaves y manos expertas, me hacían trenzas y me regalaban calma.
Los detalles más crueles los supe ya siendo adulta. Hoy los escribo a propósito de esta pandemia que tanto nos recuerda a aquella famosa gripa grande que marcó su vida. Herlinda sobrevivió a lo inimaginable, y yo tuve el privilegio de gozarla durante parte de la mía.
La sepultamos el 6 de enero de 1991, cuando rondaba los 89 años.
Mi bisabuela: Herlinda Montelongo Sánchez.
Mujer fuerte, mujer raíz, mujer memoria.






