“Cuando guardar deja de ser necesario”

*con profundo amor y admiración para Juanita

Mi madre nació en un mundo donde nada podía desperdiciarse. Aprendió desde muy pequeña que un objeto roto podía repararse, que una caja podía tener una segunda vida y que un frasco vacío podía servir para guardar algo importante. Creció en una época y en una realidad donde conservar no era una elección: era una forma de sobrevivir.
Por eso, todavía hoy, guarda recipientes, cajas, bolsas y objetos que algún día podrían servir. A veces ese día nunca llega. Los frascos se quedan vacíos, las cajas se apilan y los espacios se llenan de posibilidades que nunca se concretan.
Durante mucho tiempo pensé que se trataba solamente de una costumbre. Hoy creo que es algo más profundo.
Cuando una persona ha conocido la escasez de cerca, no siempre deja de habitarla cuando mejora su situación. La necesidad puede abandonar la mesa, la casa y el bolsillo, pero tarda mucho más en abandonar ciertos rincones del alma.
Mi madre no guarda cosas porque sea descuidada. Las guarda porque aprendió que el mundo podía quedarse sin ellas.
Y, sin embargo, hay algo que deseo para ella.
Deseo que pueda mirar todo lo que ha construido y sentirse segura. Que vea la vida que levantó con sus propias manos. Que reconozca que aquella niña que trabajó desde antes de pisar una escuela, ya cumplió su parte.
Deseo que descubra que no todo tiene que guardarse para el futuro. Que algunas cosas pueden dejarse ir porque ya cumplieron su propósito.
Que una caja de cartón puede marcharse para dar espacio a algo hermoso. Que un frasco vacío puede despedirse sin culpa. Que un vaso desechable no tiene que convertirse en parte de la vajilla para demostrar gratitud por lo que se tiene.
No porque lo sencillo tenga menos valor, sino porque ella merece vivir rodeada de cosas que reflejen la abundancia que construyó, y no solamente las carencias que logró vencer.
Quizá crecer también consista en eso: en aprender que la seguridad no está en todo lo que guardamos, sino en la confianza de saber que, si algún día volvemos a necesitar algo, podremos conseguirlo.
Y ojalá algún día mi madre pueda sentir, con la misma certeza con la que alguna vez sintió miedo, que ya está a salvo. Y que se merece una vajilla bonita.

Nadia Moreno Villalobos