CUANDO EL FUTURO YA NO TIENE ROSTRO DE NIÑO

Nadia Moreno Villalobos

Para leer con detenimiento
Esto es simplemente una reflexión sobre un fenómeno social que estamos viendo desarrollarse ante nuestros ojos.
Podría decir que es uno más de los efectos de esta nueva forma de sociedad, profundamente influida por la inmediatez, por los “likes”, por la necesidad de pertenecer, de etiquetarse y de ser validado constantemente. Una época en la que muchas de las instituciones que durante generaciones dieron estabilidad a la vida social y familiar han perdido fuerza o han sido cuestionadas. No necesariamente para mal, pero sí de una manera que ha transformado profundamente la forma en que las personas se relacionan entre sí.
Observamos una creciente dificultad para construir proyectos duraderos en pareja. Las relaciones suelen enfrentarse a una cultura que privilegia la satisfacción inmediata sobre la paciencia, el compromiso sobre la conveniencia y la construcción conjunta sobre el bienestar individual. Cada vez parece más difícil aceptar las renuncias, los acuerdos y los sacrificios que implica compartir la vida con otra persona.
Muchos jóvenes expresan que no desean tener hijos porque valoran su libertad, su tiempo, sus proyectos personales, sus viajes, su tranquilidad o su estabilidad económica. Son razones válidas y comprensibles dentro de la realidad que les ha tocado vivir. También es cierto que enfrentan incertidumbres que generaciones anteriores no conocieron con la misma intensidad: crisis económicas recurrentes, dificultades para acceder a una vivienda, empleos inestables y una percepción constante de un futuro incierto.


Para quienes ya nos acercamos o transitamos el quinto piso y somos padres de esta generación, este es simplemente otro de los cambios culturales que veremos pasar frente a nuestros ojos. Así como nuestros padres vieron transformarse costumbres que para ellos parecían inamovibles, nosotros observamos cómo la maternidad y la paternidad dejan de ser consideradas un destino natural o una meta obligatoria para convertirse en una elección entre muchas otras.
Y probablemente no exista argumento capaz de cambiar la opinión de quienes han decidido no tener hijos. Tampoco tendría por qué existir. Vivimos en una época que ha colocado la autonomía personal en el centro de las decisiones individuales. “Mi cuerpo, mi decisión” es una frase que resume esa visión del mundo, aplicada a muy diversos ámbitos de la vida.
Quizá la verdadera pregunta no sea por qué algunos jóvenes no quieren tener hijos, sino qué nos dice este fenómeno acerca de la sociedad que hemos construido entre todos. Una sociedad donde el individuo ocupa el centro de la escena, donde la realización personal suele tener prioridad sobre los proyectos colectivos y donde conceptos como familia, compromiso, permanencia y trascendencia están siendo redefinidos.
El tiempo dirá si esta decisión generacional es una respuesta temporal a las circunstancias actuales o el inicio de una transformación profunda y permanente. Mientras tanto, corresponde observar, comprender y dialogar, más que juzgar. Porque detrás de cada decisión hay una historia, un contexto y una manera distinta de entender la felicidad y el sentido de la vida.
Y aunque algunos seguiremos creyendo que criar a un hijo es una de las experiencias más desafiantes, transformadoras y extraordinarias que puede vivir un ser humano, también debemos reconocer que cada generación tiene el derecho de escribir su propia historia y asumir las consecuencias de las decisiones que libremente elige tomar.