Barreras y prejuicios, afrontó Tere, para que su hija “especial” estudie primaria.

Martha Ochoa Barajas, Humberto Castillo.

En Morelia, cada mañana Tere toma de la mano a su hija Lía y la acompaña a la escuela. El trayecto parece cotidiano, como el de miles de madres que llevan a sus hijos a clases. Pero detrás de ese gesto diario hay una historia de resistencia, cansancio y determinación.
Lía nació con síndrome de Down y, desde entonces, la vida de Teresa —una joven madre soltera— se convirtió en un recorrido lleno de obstáculos. Cuando llegó el momento de inscribirla a la primaria, Tere pensó que bastaría con acudir a una escuela y solicitar un lugar, como cualquier otra familia.
Pero la realidad fue distinta.
En una institución tras otra escuchó la misma respuesta: que no podían recibirla, que su hija no podía estar en una escuela regular, que debía asistir a un plantel especial. El problema es que esos centros son escasos, no solo en Morelia, sino en buena parte del país.
Cada negativa era una puerta que se cerraba.
Pero Tere no se intimidó ni reculó. Tampoco hizo lo que muchas familias, por miedo o por vergüenza social, terminan haciendo: esconder a sus hijos con alguna discapacidad en casa o resignarse a que no estudien.


Para ella, el derecho de su hija a la educación no era negociable.
Madre soltera y trabajadora, Teresa ha sacado adelante a su familia y hoy también es madre de otros dos hijos. Aun así, nunca dejó de buscar una escuela que aceptara a su niña. Fue de institución en institución, insistiendo, explicando, tocando puertas.
Fue en la Escuela Primaria México, ubicada en la colonia Vasco de Quiroga, muy cerca del Acueducto y a unas cuadras del Centro Histórico de Morelia, donde una joven directora decidió escuchar antes de responder.
Ese día, Teresa llegó con el ánimo desgastado.
“Ya estaba con la moral por los suelos”, recuerda. “Le dije a la directora: si me dice que no, no hay problema, me voy como regresé. Pero tengo una niña con síndrome de Down y no me la han aceptado en ninguna escuela. Yo quiero que ella ejerza su derecho de ir a una escuela regular”.
También explicó que su hija cuenta con acompañamiento educativo.
“Ella tiene una maestra guía, lo que llaman una maestra sombra. Lo único que queremos es la oportunidad”.
Del otro lado estaba la directora del plantel, Ana Nieto, quien escuchó la historia con atención.
Para ella, el caso no resultó extraño.
“Al inicio del curso la señora vino a comentarnos que quería que su hija ingresara aquí a la escuela. Para mí no se me hizo algo fuera de lugar”, explica.
La razón, señala, es que el plantel ha procurado trabajar con un enfoque de inclusión.
“Regularmente en la escuela somos inclusivos con niños que tienen alguna discapacidad. Tenemos alrededor de 12 niños con autismo, también niños con TDAH y con problemas de lenguaje”.
Aunque reconoce que muchas veces no cuentan con todos los especialistas que se necesitarían, los docentes han asumido el reto de acompañar a los alumnos.
“Aun así, los maestros los mantienen en el aula, los incluyen en las actividades, realizan los mismos trabajos y participan igual que los demás niños, incluso en educación física”.
Con ese espíritu, la respuesta a la petición de Teresa fue afirmativa.
Lía fue aceptada.
Hoy forma parte de una comunidad escolar de cerca de 135 alumnos, donde ha encontrado algo que durante mucho tiempo parecía difícil de alcanzar: un lugar.
Los propios niños la integraron con naturalidad. Juegan con ella, la buscan, la cuidan. Nadie la ha hecho a un lado.
Para Teresa, esa reacción espontánea de los pequeños contrasta con las barreras que muchas veces levantan los adultos.
Antes de despedirse, la madre de Lía quiso dejar un mensaje para otras familias.
“Pido a la gente que quizá no tiene a alguien cercano con discapacidad que se den la oportunidad de conocer. Yo tampoco sabía muchas cosas, también ignoraba mucho”.
Habla de su hija con una mezcla de orgullo y emoción.
“Son personas maravillosas. Mi hija es un ser lleno de amor. Es alguien que hasta a la más gruñona ha hecho sonreír. No importa lo que le hagas, ella se va a acercar, te va a abrazar y te va a enseñar que todo tiene su lado bonito”.
“A los papás con hijos con alguna discapacidad los invito a que sean fuertes. A mí me ha costado muchas lágrimas, muchas noches sin dormir. Incluso muchas amistades. Me ha tocado alejarme de gente que no entiende”.
Por eso insiste en un mensaje claro: dejar atrás la lástima y el miedo.
“No es pobrecito, no es ‘no te le acerques’. Dense la oportunidad”.
A los padres que viven una situación similar, les pide no rendirse.
“Papás, luchen. Luchen porque sí se puede. A mí me costó mucho llegar a esta escuela, pero aquí estamos. Sé que apenas empezamos y que el camino es largo, pero hay mucha gente que nos puede ayudar”.
Y concluye con la lección que ha marcado su vida:
“Hay que seguir tocando puertas. Y que un ‘no’ no nos frene; al contrario”…