Rifa de Toyota desata “agarrón”, en Casino de Morelia.

Redaccion

El reloj se acercaba a las diez de la noche y el Casino Caliente ya hervía. El aire estaba cargado de música estridente, luces intermitentes y un murmullo constante de expectativas. No había una sola máquina libre. Gente de pie, hombro. con hombro, billetes en mano y la mirada fija en el área donde se anunciaría la rifa del Toyota Camry 2025, el premio que había convertido la noche común en una olla de presión.

La rifa, anunciada para las diez en punto, comenzó con retraso. Minutos eternos. El sonido fallaba, la música competía con los anuncios y la confusión se apoderó del lugar. Primero se habló de un bingo, luego de un sorteo. Nadie entendía bien qué se rifaba ni cómo. De pronto, un número. Un ganador. Aplausos tibios… hasta que estallaron los gritos:
—¡Es el carro!

El casino, ya saturado, explotó en ruido.

Cuando se anunció al primer ganador del automóvil, un hombre de entre 45 y 50 años emergió entre la multitud como si hubiera ganado un campeonato. Vestía chamarra negra, gorra y una playera roja con rayas. Sonreía, alzaba las manos y caminaba entre aplausos, incrédulo pero orgulloso. Mostró su tarjeta de cliente, su INE. Todo parecía en orden… hasta que llegó el detalle que lo cambiaría todo: faltaba el ticket con los folios impresos.

—Lo tiene mi esposa —dijo.

La esposa seguía jugando, ajena al caos que comenzaba a gestarse. El hombre fue por el recibo mientras la gente empezaba a impacientarse. Los gritos subieron de tono:
—¡Que se vuelva a rifar!
—¡Canten tiempo!

Se concedieron apenas un par de minutos. Y entonces, como gasolina al fuego, cantaron a otro ganador.

Ahora era una mujer de más de cincuenta años, conocida entre los habituales del casino por su suerte casi legendaria. Caminó por el pasillo central con paso firme, sin prisa, como quien ya ha vivido esto antes. El murmullo se transformó en enojo, el enojo en griterío.

El primer ganador regresó con el ticket en mano. Ya no había aplausos. Solo reclamos. Su voz se elevó contra un trabajador del casino y, en segundos, las palabras dieron paso a los empujones. Luego vinieron los golpes. Clientes y empleados intentaron separarlos, pero era como tratar de detener una tormenta en medio del salón.

De pronto, alguien gritó:
—¡Trae un arma!, pero no era verdad, lo género cierto caos.

El pánico fue inmediato. Al menos cien personas corrieron hacia las salidas, dejando atrás máquinas encendidas, vasos, sillas. Por primera vez en la noche, el casino quedó con espacios vacíos. La adrenalina se apoderó del lugar.

Dentro, el caos seguía. El ganador sin premio fue sometido por siete personas, pero su esposa no se quedó atrás. Se lanzó contra el trabajador involucrado y recibió un golpe que la hizo volar desde la taquilla hasta el área de fumadores. Gritos, empujones, miradas atónitas. Finalmente, el ruido comenzó a apagarse.

La seguridad llegó tarde. La rifa, completamente fuera de control, dejó claro que la organización fue rebasada por la multitud y la expectativa. Ironías de la noche: fue una de las más llenas, una de las que más dinero dejó al casino, la noche en que no cabía nadie más… y la misma que estuvo a punto de terminar en tragedia.

El Camry se fue con una ganadora.
La calma, esa, tardó mucho más en regresar.